KIRKUS – review

Essayist Riemen (Nobility of Spirit: A Forgotten Ideal, 2008), founder of the Nexus Institute, an organization devoted to fostering philosophical inquiry and debate, mounts an impassioned argument for resistance to fascism, which he sees spreading globally.

“We are just at the beginning of contemporary fascism,” writes the author, comparing the current political atmosphere to those of Italy and Germany before World War II, when “demagogues and charlatans” rose to power, each seen as “the antipolitical politician” promising to make his country great again. Fascist techniques, he asserts, “are identical everywhere: the presence of a charismatic leader; the use of populism to mobilize the masses; the designation of the base group as victims (of crises, of elites, or of foreigners); and the direction of all resentment toward an ‘enemy.’ ” The real enemy of Western culture, he maintains, is not an influx of foreign immigrants, nor Islamic fundamentalism, but “the ever-increasing trivialization and dumbing-down of our society.” A society that values “technology, speed, money, fame,” and superficial pleasure—which he calls “kitsch”—is a society in moral crisis. Mass democracy, writes the author, has degenerated into “stupidity, propaganda, claptrap, [and] vulgarity.” It no longer carries out its mission to educate, “to elevate human beings, to enable them to think and to be free.” Riemen draws on many writers who have offered similar critiques of the erosion of values, including the poet Paul Celan, who struggled to make poetry “true again” after the horror of the Holocaust; Primo Levi (an entire civilized people, he wrote, “followed a buffoon whose figure today inspires laughter”); Theodor Adorno, who urged spiritual independence; Winston Churchill, who championed “a kind of United States of Europe”; and Albert Camus, who exalted both the idea of beauty and “the common dignity of man.” Thomas Mann, too, is repeatedly invoked to defend democracy and rail against “egotism, cruelty, cowardice, and stupidity.”

An extremely relevant, urgent call to revive true democracy and acknowledge the perils of fascist ideology.

Laberinto

El director del Instituto Nexus con sede en holanda y uno de los pensadores más destacados en la actualidad ha publicado Para combatir esta era, una mirada aguda sobre el retorno del fascismo en los regímenes supuestamente democráticos. En estas páginas reflexiona sobre el legado filosófico de los autores clásicos, la importancia del lenguaje como proyecto político y el nihilismo contemporáneo. Entrevista

El Cronista

El fenómeno mundial del fascismo y del populismo

Daniel Muchnik

Tanto en Europa como en Estados Unidos, en estos días de aturdimiento político, se sostiene que populismo es similar al fascismo. Esto se dio en días de patoterismo, como el de Donald Trump o el surgimiento en Europa de partidos con propuestas xenófobas, racistas y de negación de todos los cimientos de las democracias liberales, que participan de elecciones o que ya están encaramados en el poder. Entre los representantes populistas en América latina, aunque algunos ya no están, figura sin duda Cristina Fernández de Kirchner.

No faltan teóricos que afirman que el fenómeno de aparición del populismo extremo aparece con la crisis económica de 2008 y sus consecuencias que favorecieron aún más la desigualdad y, en el viejo continente el fenómeno de la inmigración, el otro, el extraño identificado con el peligro. Surgieron políticas duras de contención de la ola de africanos y de víctimas de las guerras de Medio Oriente. Pero no fueron suficientes para calmar a muchos grupos. No hubo reacciones sólo en el Este de Europa sino en la misma Italia. Y hay posiciones xenófobas extremas no sólo en Holanda; las hay del mismo modo en el democrático mundo nórdico Europeo, señalados como los más democráticos y civilizados.

Ya estaban (los skinheads hace años) pero se incrementaron los violentos que dieron pruebas de odio extremo. Quemaron viviendas, azotaron a los extraños. En los ex países que pertenecían a la órbita de la Unión Soviética surgió un nacionalismo populista intolerante, como en el caso de Polonia y Hungría, contaron en sus parlamentos con neo-nazis y algunos de sus dirigentes deslizaron apreciaciones o discursos antisemitas.

En Grecia, un partido abiertamente pro-nazi tiene lugar en el Parlamento.

En el fenómeno populista un o una líder representa las necesidades del pueblo, se consagra como la voz del pueblo, la que cuida los intereses del pueblo y subida a ello dicta, sanciona, excluye , otorga, margina, como se le antoja, arbitrariamente. Todo ello en nombre del pueblo de la que ella es guía consagrada. En otros casos adquiere otras formas. Se conocen la tragedia de las víctimas del militarismo populista, como el de Venezuela

Según el Diccionario de Política de Norberto Bobbio fascismo, entre muchas definiciones existentes, es un sistema de dominación autoritario caracterizado por un monopolio de la representación política por parte de un partido único y de masas, con una ideología fundamentada en el culto del jefe, en la exaltación de la colectividad nacional y el desprecio de los valores del -para el fascismo- individualismo liberal.

En su último trabajo editorial, Rob Riemen (Para combatir esta era-Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo) respetado ensayista, fundador y presidente del Nexus Institute, un foro independiente, señala que el fascismo populista estaba latente en Europa desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Que los millones de víctimas no terminaron de el, como se creía o se escuchaba. Reconoce, empero, que el término populismo es huidizo. Concretamente Riemen dice: “El uso de la categoría populista es tan sólo una forma más de cultivar la negación de que el fantasma del fascismo amenaza nuevamente a nuestras sociedades”. Agrega: “…y de negar el hecho de que las democracias liberales se han convertido en su contrario: democracias de masas que están privadas de espíritu democrático.”

Riemen juzga que una segunda razón por la cual el regreso del fascismo y la pérdida del espíritu democrático se acepta es la vergüenza de ciertos partidos de izquierda que asumen la tradición de la Ilustración de la segunda mitad del siglo XVIII. Sus artículos de fe como el progreso humano, la racionalidad, las instituciones, los valores políticos y sociales como pilares de la sociedad han sido abandonados en los rincones.

En esa dirección el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, confrontando con la Gran Depresión y una Europa Fascista declaró, en marzo de 1933, en su Discurso Inaugural: “De lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo”. Roosevelt, político de especial inteligencia y sagacidad era consciente de que las sociedades dominadas por el miedo son sensibles a las falsas promesas de la ideología fascista-populista y sus líderes autocráticos.

En el mismo libro se reproduce una definición del famoso director de cine Federico Fellini, que admite haber sido miembro del movimiento de juventudes fascistas. Considera Fellini: “El fascismo siempre surge de una falta de conocimiento de los problemas reales y el rechazo de la gente -por pereza, prejuicio, avaricia o arrogancia-a dar un significado más profundo a sus vidas. El fascismo no puede ser combatido si no reconocemos que no es más que el lado estúpido, patético y frustrado de nosotros mismos, y del cual debemos estar avergonzados”.

Albert Camus y Thomas Mann no fueron los únicos que, una vez terminada la guerra, asumieron pronto lo que muchos estaban ansiosos por olvidar: el bacilo del fascismo permanecerá virulento en el cuerpo de la democracia de masas. El fascismo nunca es un reto, sino un problema mayor, pues inevitablemente conduce al despotismo y a la violencia.

Que una cuarta parte de la población argentina siga sin importarle que un gobierno robe sin pudor con tal de que su líder vuelva al poder es peligroso. Es generalmente hombre-masa, autoindulgente que se comporta desaprensivamente y no alcanza o no puede pensar. Lamentablemente muchos de ellos conocen un solo idioma: el del uso de la violencia.

Aristegui Noticias

‘¿Dónde está el líder moral de nuestra época?’, se pregunta el filósofo Rob Riemen

Héctor González 

El pensador holandés publica ‘Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo’.

 
Vivimos en una época idónea para el resurgimiento del fascismo. Así lo entiende el filósofo holandés Rob Reimen (1962). A partir de Albert Camus y Thomas Mann, publica Para combatir esta era (Taurus), ensayo donde plantea que es necesario volver al humanismo y hacer a un lado la economía y la superficialidad, como valores supremos. Advierte, en entrevista, que es necesario replantear nuestros criterios para tomar decisiones y para ello propone regresarle al estudio de la naturaleza humana un valor esencial, de lo contrario asegura, nos seguirán seduciendo mesías falsos como Donald Trump.

Déjeme comenzar con la cita que hace a Camus: ‘Europa ya no ama la vida’. ¿Podría ser extensible al resto de Occidente?

Probablemente sí. Es una cita fascinante, Camus la dice al final de la Segunda Guerra Mundial para tratar de entender cómo fue posible el horror del  nazismo. Camus se dio cuenta de que él mismo formaba parte de una tendencia filosófica nihilista y quiso rectificar, por eso después reconoció que era necesario hablar de valores morales y que correspondía a los intelectuales promoverlos. A él como gran artista no lo podría desconectar de la noción de la belleza en un sentido platónico o moral. Fue de los primeros en darse cuenta que dentro de un mundo tocado por valores materiales -tecnología, ciencia-, la idea de la belleza como una virtud moral o interna, desaparece. Podemos ir a la Luna y tener Whatsapp, vivir en un mundo funcional, pero la cultura espiritual está muerta porque ahí no hay vida.

Usted habla de que vivimos en la era de lo kitsch, concepto dentro que incluye una predilección por la belleza superficial y la tecnología.

Lo kitsch es una tentación extremadamente peligrosa. Vivimos en una época donde importa la fachada y predomina la perspectiva de lo bonito, el parámetro son los ‘likes’ de Facebook. Creemos que podemos comprar nuestra identidad y que la vida debe ser placentera todo el tiempo. La mentalidad kitsch plantea que nada puede ser difícil y que uno merece una vida bonita, llena de viajes y juegos. En eso estábamos cuando llegó la crisis económica y su enseñanza de que el iPhone, los jeans y los videojuegos cuestan y no poco. Entonces nos empezamos a dejar seducir por los slogans de mesías falsos como Donald Trump, que venden la idea de que nosotros no somos responsables de nada, sino los otros. Por eso ahora Estados Unidos culpa a los mexicanos. Donald Trump asegura: ‘si nos deshacemos de los mexicanos regresaremos al mundo kitsch’. Entiendo que en el mundo del arte a lo kitsch se le considera un fenómeno interesante, pero en realidad es algo más amplio porque implica una perspectiva de mente propicia para resurja el fascismo.

¿Por el resentimiento que promueve al ‘distinto’, al ‘otro’?

El fascismo es una forma de pensar la política y la cultura. Surge de lo kitsch y del resentimiento. El rencor es un fenómeno natural que experimentamos cuando tenemos celos, envidia o frustración; cuando tenemos la mente agarrada a la idea de que todo debe ser accesible para nosotros. Nos frustra no tener un auto como el del vecino y eso genera un odio. De ahí viene la política del chivo expiatorio. En la Alemania nazi eran los judíos, ahora en Europa son los islamistas; en Estados Unidos antes eran los negros ahora son los mexicanos. El resentimiento es algo que viene de los valores no realistas. Cuando la economía no crece y prevalece la sensación de que los otros tienen más que yo, llega el enojo y sólo se necesita un charlatán o un líder autoritario que prometa cambiarlo.

En perspectiva, los problemas parecen no cambiar a lo largo de los años y usted propone como solución un replanteamiento moral sobre lo que es el deber ser.

Los periodos históricos son bastante largos, tan sólo la Edad Media duró quinientos años. Seguimos viviendo la época que empezó con Kierkegaard y Nietzsche, y nada ha cambiado. Creemos que somos diferentes porque tenemos iPhone o podemos mandar misiones a Júpiter, cuando la realidad es que nuestra perspectiva de pensamiento no ha cambiado. Por eso la primera parte del libro desarrolla la historia de la cultura fascista que seguimos experimentando. No hemos cambiado porque no aprendimos las lecciones de la historia.

Y una de ellas es la crisis del humanismo. Hoy predomina el nihilismo, el desencanto y la decepción de la especie humana.

El ser humano tiene una doble naturaleza. Una es animal y se basa en nuestro cuerpo, por eso comemos, tenemos sentimientos y el sexo. La otra es una naturaleza espiritual, a la que atribuimos  la conciencia, la mente y el alma. Gracias a ella alcanzamos un entendimiento que va más allá de nosotros. Las nociones de justicia, compasión o libertad, son ideas y valores. Bajo esta perspectiva, nuestra vida es una constante elección y necesitamos aprender a escoger a partir del conocimiento o la sabiduría histórica. Nuestras vidas se basan en las decisiones. La democracia y la libertad dependen de nuestra capacidad de decisión. Ahora estamos en un cruce interesante y confió en que tendremos que escoger con sabiduría. Somos afortunados porque podemos escoger y es cierto que mucha gente no puede porque está inmersa en demasiada violencia, guerra y pobreza. Por eso escribí este libro. Necesitamos despertar y tener la voluntad para rectificar.

¿Pero cómo encontrar la sabiduría para escoger de manera asertiva cuando vivimos en una era donde la educación está en crisis; predomina la frivolización y la simplificación?

Podríamos decir que ver la televisión no ayuda mucho. Los sistemas educativos desilusionan a la gente porque sirven para encontrar un trabajo, pero no nos preparan para la vida, ni nos dan herramientas para aprender a elegir. La buena noticia, al menos para mí, es que cada individuo tiene intuición y esta funciona a partir del alma. Necesitamos asumir con valor la importancia de la intuición. Tanto Platón como Spinoza defendieron la intuición como un valor supremo. ¿Cómo podemos cultivarla? Atendiendo a las musas, escuchando música e historias, viendo una gran película.

¿No le parece que le atribuye mucha importancia al arte? Wagner es un ejemplo de que el arte no siempre ennoblece.

Cierto, todo mundo tiene la capacidad de ser un humano cruel, pero uno siempre puede escoger y de lo que se trata es de humanizar la selección. Este es mi gran problema con las neurociencias. El primer paso del pensamiento totalitario es creer que el cerebro determina todo y que no existe la voluntad libre. Refiriéndome a Wagner, la traición de los intelectuales es una historia vieja y triste, porque en ocasiones ellos son los primeros en darles la bienvenida a las formas de totalitarismos. Alguna vez debatí con mi amigo George Steiner sobre el amor. Creo que el verdadero amor no se impone, es una invitación; lo mismo sucede con el arte. El gran arte es una invitación a que uno cambie su vida, por eso no admite atajos; y eso es en cierta forma elitista. Aquello que te invita a ser otra persona no puede ser sencillo.

Steven Pinker, estudioso del cerebro por cierto, rebate la idea de que ahora vivimos en una etapa oscura e incluso menos violenta.

Conozco bastante bien a Steven, pero estoy en profundo desacuerdo con él. Incluso su premisa es debatible porque depende de la forma en que leemos los datos. Me parece una arrogancia científica no querer entender la naturaleza humana. Mientras no admitamos la importancia de aprender a tomar mejores decisiones, las fuerzas de nuestra sociedad se moverán en la decisión equivocada.

Frente a problemas como el terrorismo, el narcotráfico y ante líderes como Donald Trump, ¿qué tipo de evaluación hace de esta época?

Vivimos una época de falta de dirección. ¿Dónde está el líder moral de nuestra época? Alguien dirá que el único líder moral de hoy es el Papa, tal vez lo sea, pero incluso su Iglesia lo quiere matar. Necesitamos otras personales valientes, pero todos tenemos que asumir un rol activo desde nuestra trinchera.

Pero los líderes que tenemos son los que escogemos y entonces caemos en el dilema del gato que se muerde la cola.

Precisamente por eso necesitamos escoger otros tipos de líderes, precisamente por eso necesitamos rectificar nuestra capacidad para elegir.

Entrevista

“La gente no es crítica ya, acepta lo que sea”: Riemen

Los gobiernos totalitarios comienzan siempre por eliminar a los poetas y pintores, dice el pensador y director del Instituto Nexus.

JESÚS ALEJO SANTIAGO
28/06/2017

México

George Steiner aseguró que Rob Riemen tiene un hondo compromiso “con los valores morales e intelectuales de nuestra frágil comunidad”, mientras que para Amos Oz se trata de un pensador que “nos invita a no dar la espalda a los mejores aspectos de la civilización europea”.

Son ideas recuperadas en el más reciente libro publicado por el pensador, un convencido de que el intelectual sí tiene un compromiso con su tiempo, una obligación moral, más allá de que pueda vivir en una posición privilegiada, en la que “me levanto por la mañana y voy a mi estudio, tomo mis cuadernos y mis libros, no tengo que levantarme a las cinco de la mañana y viajar dos horas para cumplir con una obligación.

“Pero la vida de un intelectual viene con una obligación moral de decir la verdad y darle sentido a las palabras. Si veo lo que está ocurriendo, conociendo la historia, sobre todo la europea del fascismo, apuesto por despertar a las personas para no dejarlas que caminen como sonámbulas”.

Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y la humanidad (Taurus, 2017) es su más reciente libro, en el cual reflexiona sobre un proceso que ya se vive en diversas partes del mundo: el “eterno retorno del fascismo” y la negación de políticos y académicos.

“Puede tomar cinco o 10 años y ocurrir en cualquier lugar, pero se está esparciendo por todas partes. El libro es para que se termine la negación y den con lo que ocurre antes de que sea demasiado tarde. De alguna manera el volumen es optimista, porque mi punto es que aún podemos cambiar las cosas, no tenemos que aceptar que vamos a un mundo fascista. Si todavía lo podemos detener, tenemos que detenerlo”, explica el director del Instituto Nexus.

Pensamiento comercial

No es nuevo, reconoce Riemen (Países Bajos, 1962), pero en los gobiernos fascistas o totalitarios una de las primeras preocupaciones es el mundo del pensamiento, del arte y de la cultura, que se convierte en una amenaza para ellos, por lo que, “dado que son una amenaza, primero matan a los poetas, a los pintores, a los que crean arte kitsch… pero esto no es nada nuevo: tanto en el socialismo como en el fundamentalismo religioso ha llegado a pasar”. No hace a un lado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a quien define como un “fascista clásico”.

“Pero lo que preocupa más es que no nos importa, porque atravesamos por una etapa relativamente nueva, relacionada con sociedades en las que se entrena a la gente a preocuparse por el dinero, por la utilidad de algo, por lo pragmático, y los valores de la belleza y de la sabiduría simplemente no son importantes y tal vez cuentan como un pasatiempo”.

Y el primer problema que enfrentamos es que estamos en un estado de negación, sobre todo entre los académicos y los políticos, que se han opuesto a aceptar que el fantasma del fascismo ha estado más cerca de lo que creíamos, explica Riemen: “Es como si tuvieras una enfermedad mortal y no la quieres ver. Puedes seguir en la negación, hasta que te das cuenta de que hay un problema y tienes que enfrentarlo.

“Parte de esta cultura fascista es lo que podría llamar la estupidez organizada: la gente necesita ser ignorante, porque hay demasiadas élites de poder que se benefician de nuestra ignorancia. Si la gente fuera un poco más inteligente o más crítica, probablemente muchos políticos no estarían en sus puestos, no se verían muchas propuestas comerciales, no se comprarían muchos productos porque la gente sería crítica”.

De todo ello reflexiona Riemen en su libro y tiene la certeza de que una inteligencia más crítica puede construir un mejor futuro, siempre y cuando se aprovechen las posibilidades del pensamiento humanista.

“Creo que la destrucción del mundo de la cultura y de nuestra educación es un grave problema: desde el ámbito político se impulsa la aceptación de un pensamiento comercial, porque le da a uno satisfacción al instante, aunque no haya calidad detrás de eso.

“En este entorno, lo que uno crea es un vacío cultural: la gente no es crítica ya, acepta lo que sea, no le importa. ¿Por qué preocuparse de lo que ocurre en el mundo, de la injusticia social o de la discriminación? No es su tema, solo se preocupa en comprar un carro”.

Así es como puede crecer una cultura fascista; de ahí la urgencia de recuperar aspectos como la verdad, la justicia, la belleza y la sabiduría, enfatiza Riemen.  

Reforma.com

Nombrar el fascismo

 Jesús Silva-Herzog Márquez

14 Jun. 2017

El 2 de noviembre de 2010 todos los miembros del parlamento holandés, los ministros, y secretarios de estado recibieron por la mañana un pequeño folleto azul en sus buzones. Era un documento de sesenta y dos páginas con márgenes amplios y mucho aire que llevaba por título El eterno retorno del fascismo. Lo firmaba Rob Riemen, fundador del Nexus Institute, un admirable espacio de reflexión humanista. El pequeño folleto azul era un grito de alarma que se activaba desde el centro del poder para llegar después al resto de la nación. ¡Ahí vienen los fascistas! ¡Ya regresaron los fascista!, ¡grita Riemen! Reaccionaba a las elecciones recientes que colocaban a la extrema derecha a un paso de la mayoría. No son populistas, son fascistas.

Riemen sugiere que la cobardía nos impide nombrar al enemigo. Que usamos “populismo”, una palabra tibia, para describir la demagogia del odio pero deberíamos usar el término que merecen los extremismos de este tiempo: fascismo. Hablar de populismo es “cultivar la negación.” Llamar populismo a esa militancia del resentimiento es adelantar nuestra derrota, sugería Riemen en ese ensayo que pronto se convirtió en un extraordinario éxito de ventas a pesar de la hostilidad de políticos y académicos. Se acaba de publicar, junto con otro breve texto bajo el título de Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Taurus lo edita con traducción de Romeo Tello.

El ensayo es la advertencia de un ilustrado ante los horrores que amenazan la civilización que ama. Se escucha el eco de las persecuciones, de los libros bajo la hoguera, de la proscripción de pueblos. El fascismo se habrá escondido pero no ha muerto. Puede hibernar durante décadas para reaparecer de pronto entre nosotros. En el liberalismo aristocrático de Tocqueville, de Ortega y Valéry se funda su convicción de que la civilización moderna ha abandonado sus principios espirituales. Que ha olvidado lo eterno, que desprecia lo valioso, que se desentiende de lo bueno. Cuando los valores decaen, cuando los partidos olvidan su misión, cuando las universidades renuncian a su cometido, cuando se pudren las élites, cuando los medios compiten por la estupidización de sus audiencias, retoña el fascismo con sus órdenes ejecutivas, sus condenas expeditas, con sus cacerías. El “fascismo clásico” es perceptible en los tics de sus herederos. Ahí está el pánico a la decadencia, la nostalgia por una gloria perdida, la afirmación de una identidad amenazada, la identificación de un enemigo, la necesidad de un liderazgo autoritario.

El lector de Riemen no encontrará en su ensayo una definición precisa de fascismo pero tendrá muy clara su naturaleza: una política del resentimiento que incita al odio y esconde su vacío intelectual en insultos y lemas. Para el ensayista, el fascismo es, ante todo, una derrota de la cultura. Si puede abrirse paso es por la decadencia de la civilización. Es la crisis del humanismo lo que despierta a la bestia. La ignorancia nos somete a la bota del fascista. Riemen acepta la idea de Fellini: la pereza, el prejuicio, la arrogancia son invitaciones al fascismo: “El fascismo no puede ser combatido si no reconocemos que no es más que el lado estúpido, patético y frustrado de nosotros mismos, y del cual debemos estar avergonzados.” El combate al fascismo no es, por ello, una batalla política. Para cuidar la democracia hay que cuidar el espíritu de su civilización. Defender la verdad, la belleza, la bondad, la libertad.

Vientos

LOS PERROS GUARDIANES: El olvido se combate con memoria

Rael Salvador

Desde hace no poco tiempo me pregunto qué sucede en el entorno de los alumnos y los profesores, en esa inevitable sustracción del campus universitario y en el porqué de tanta apatía que ahora se observa traducida en una neutralidad feroz.

Al abrir las páginas del libro Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo (Taurus, 2017), encuentro en sus páginas atisbos claros que se van develando como una repuesta: “La valentía es un rasgo raro en el mundo intelectual y académico”.

Reseñé, en su momento, la anterior entrega de Riemen, Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (Equilibrista, 2008). Y, una vez más, la apuesta está ofrecida en no dejar una sola reflexión fuera de alcance de la lucidez, es especie de impiedad licenciada en honestidad, vitalizando las personalidades de Natalia Ginzburg, Albert Camus y Thomas Mann –avalados por la figura central de Nietzsche–, dando cabida a una república de insurgentes literarios, emanados de la filosofía, quienes en el siglo XX elevaron más allá del bien y del mal el rasgo del humanismo para dar cara al devastador pontificado de un fascismo inminente: Ortega y Gasset, Max Scheler, Kafka, Paul Valéri y Celan, Adorno… 

Y si el olvido se combate con memoria, la muestra de navegación en el tiempo, en primer lugar, rescata la figura de Leone Ginzburg, “un hombre brillante que tradujo la maravillosa novela de Tolstoi, Ana Karenina, al italiano a la edad de dieciocho años”, y, convertido a la gran pasión de la literatura, fundó una editorial, seguida de una revista: Cultura, para ofrecerle “justicia al significado original de la palabra: hacer espacio a la diversidad de caminos que la gente puede recorrer en su búsqueda de la verdad, acerca de sí mismos y de la existencia humana”.

Cuando contaba con apenas 35 años, Leone fue ultimado por los nazis. La última carta de prisión a su esposa, la escritora Natalia Ginzburg, dice lo siguiente:

“No te preocupes demasiado por mí. Sólo imagina que soy un prisionero de guerra; hay tantos, especialmente en esta guerra, y la gran mayoría regresará a casa. Esperemos que yo sea parte de esa mayoría, ¿eh, Natalia? Te beso otra vez y otra vez. Sé valiente”.

Y el autor de Para combatir esta era, se interroga: «¿Qué quería decir con “sé valiente”?». Todo lo que surge de esta apertura, es un creciente cuestionamiento filosófico y científico, histórico y moral, de lo horrores ocasionados por el hombre inculto y su avidez idiota en las apariencias que, traducidas en posesiones y vulgaridades, se olvidan una vez más del espíritu de nobleza y generan la brutalidad renaciente del fascismo.

 “En lugar del cultivo y cuidado del alma tenemos la banalidad de la tecnología, el renacimiento del nacionalismo, la vulgaridad del comercio y la estupidez minuciosa de los medios de comunicación y de las universidades”, expone Radim, recordando a Jan Patocka, también viejo maestro de Václav Havel, quien es interrogado por el régimen comunista hasta dejarlo muerto poco antes de cumplir 70 años.La grandeza del libro de Riemen es breve, apenas 124 páginas, cifradas en una introducción –donde el arte, la intelectualidad y el compromiso ofrecen los vestigios de lo que será la lectura– y dos apartados: I. El eterno retorno del fascismo y II. El regreso de Europa. Sus lágrimas, sueños y hazañas, que sirven para acunar y discutir los supuestos absolutos de la ciencia, la tecnología y la economía, a partir de restituirle los atributos eternos del espíritu a una verdad más acabada –donde Sócrates y un profesor de pequeños ojos brillantes, llamado Radim, tienen un papel fundamental–, resuelta a dejar el histrionismo político de la modernidad y dar la batalla por el legado de la mitológica Europa y por el humanismo histórico.

Posteriormente Riemen escribe “Cena en el River Café”, ensayo biográfico de 44 páginas (uno de los 4 que contiene Nobleza de espíritu), que no posee ni una sola palabra que, insisto, no sea mágica y reconciliadora.Si en Nobleza de espíritu la figura del valiente y frágil Joe Goodman, con una “barba que no tenía nada que envidiar a su héroe poético”, Walt Whitman, metido en una chaqueta andrajosa y con una cerveza deleitándole el carácter, le ofrece a Rob la lección de su vida cuando, muerto ya de un infarto cerebral, en la dedicatoria de Hojas de hierba que le envía con antelación, escribe lo siguiente: “Seamos sinceros, amigo mío, está bien que los académicos se ocupen de los datos, ¡pero nosotros debemos escribir la verdad! Escribe lo correcto, sé bueno. Tu amigo Joe”.

Pasadas las páginas, Radim –al que la “edad lo ha hecho encogerse, una joroba en la espalda lo hace ver aún más pequeño, sus uñas son largas, hay cabellos que se asoman al menos un centímetro por sus fosas nasales, y su ropa huele como si no fuera lavada más de una vez al mes”– ofrece a los lectores una lección de vida difícil de olvidar y la tarea a Riemem de escribir este libro: “Querido amigo, yo ya soy un hombre viejo –tose, gracias a la imprudente delicia de un puro por encender– y no me queda mucho tiempo para vivir. Pero mientras siga aquí quiero disfrutar de toda la belleza de la Tierra y de todos los placeres de la vida”.La sensibilidad del presidente del Nexos Instituut de Tilburg (Ámsterdam), demostrada ya con inteligencia en la anterior entrega, se traslada ahora a Para combatir esta era, y de Sils Maria –donde Nietzsche parece que sólo legó el descanso– al Grand Hotel Waldhaus, lugar de conferencias y debates, se ofrecen nuevas responsabilidades a partir de los discursos de un brillante intelectual austriaco, llamado Walter, el profesor checo, Radim, y el emergente Rob: “El objetivo de la democracia, es, por lo tanto, la educación, el desarrollo intelectual, la nobleza de espíritu, y la nobleza de espíritu es el arma más importante para impedir que la democracia degenere en democracia de masas, en la cual la demagogia, la estupidez, la propaganda, la vulgaridad y los instintos humanos más bajos ganen terreno, hasta que inevitablemente den a luz al hijo bastardo de la democracia: el fascismo”.

La llama se aviva y el viejo de 80 años sentencia: “Vamos, tenemos que irnos. Usted debe de regresar a casa a contar una historia. Creo que será un libro entero”.

Ya lo había dicho Michel Onfray: “El trabajo del periodista es comentar lo que acontece, el del filósofo es poner en perspectiva lo real con las condiciones que han hecho posible lo que acaece o sucede”, para lo cual la frenética e irrefrenable poética de Rob Riemen, ofreciendo sus aportes en materia narrativa –el olvido se combate con memoria–, pone a las ratas de Camus frente a nuestra nariz: “…vendrá un día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir a una ciudad dichosa”.  

El Financiero

Fernando Garcia Ramirez

Nadie sabe en qué tiempo vive. Quienes vivieron en la Edad Media no sabían que estaban en “la Edad Media”. Quienes pelearon en la Primera Guerra Mundial ignoraban que se trataba de la “Primera”. ¿Vivimos el fin de una era o el principio de otra? ¿Algo nuevo está surgiendo o, por el contrario, con nosotros está muriendo una época? ¿Somos modernos, posmodernos, ultramodernos, o quizás a nuestro tiempo se le conozca en el futuro como la Edad Oscura? El tiempo en que lo echamos todo a perder.

Alteramos el clima y desquiciamos el planeta. Vaciamos de sentido a la democracia. Trivializamos los valores. Por concederle peso excesivo a la imagen, dejamos de creer en la palabra. Nos abandonamos a la violencia y al resentimiento. Pervertimos la educación. Transformamos la política en un circo. No sabemos en qué tiempo vivimos.

Quién sí parece saberlo es Rob Riemen (Para combatir esta era, Taurus, 2017), ensayista y director del prestigiado Nexus Institute. Para Riemen vivimos los tiempos del regreso del fascismo. No desapareció, como suele pensarse, con el fin de la Segunda Guerra. Albert Camus y Thomas Mann, en 1947, advirtieron: el fascismo pervive latente en la política como rencor social. Dice Riemen: el fascismo es la expresión política “de nuestros peores sentimientos irracionales: el resentimiento, el odio, la xenofobia, el deseo de poder y el miedo.”

El fascismo en embrión se presenta en nuestros tiempos bajo la forma del populismo. Muchos lo saben pero temen decirlo. Sin embargo, aconseja Riemen –como antes lo hicieron Confucio y Sócrates–, “para entender algo debes llamarlo por su justo nombre”.

El populismo es un término huidizo. Centra su fuerza en estimular la agresión y el enojo. “No tiene ideas propias y no busca resolver los problemas sociales, pues la injusticia es necesaria para mantener una atmósfera de odio y vilipendio.” El populismo se considera a sí mismo como la víctima de las élites (“la mafia que nos robó la presidencia”, dice López Obrador). Su falta de ideas la suple con eslóganes y retórica vacía (“la salida es la honestidad”). Se dice parte de un movimiento progresista y de regeneración cuando su forma de hacer política es reaccionaria, ya que proclama que todo era mejor en el pasado (su Edad de Oro: los tiempos inflacionarios de Echeverría y López Portillo). Toda la fuerza del movimiento populista radica en la sólida fe en un líder redentor que “dirá y prometerá todo lo que sea necesario para aumentar su apoyo y movilizar a las masas.”

Se supone que debemos conocer la historia para que ésta no vuelva a repetirse. Sin embargo, a través del populismo, el fascismo está de regreso. La derrota de Le Pen en Francia y Geert Wilders en Holanda, y el fracaso de la gestión de Trump en los Estados Unidos, no deben hacernos creer que están derrotados. Las causas que los llevaron al poder siguen vigentes. La impunidad, la inseguridad, la desigualdad, las crisis económicas no son las causas que alientan el populismo. Su origen se encuentra en el resentimiento y en la lenta pero sistemática erosión de los valores espirituales absolutos. Una sociedad obsesionada por lo trivial se convierte, dice Riemen, “en materia para los agitadores, cuya única motivación es la preservación y ampliación de su poder.”

La democracia está en crisis. “Los partidos políticos ya no tienen proyectos ni principios. La confianza en la política ha disminuido a un nivel peligroso.” Los medios de comunicación contribuyen a este clima de degradación: al simplificarlo todo, abren camino al que ofrece soluciones fáciles. ¿Qué hacer para evitar que asalten el poder los demagogos? Primero decir las cosas por su nombre: el populismo es la antesala del fascismo. La crisis económica, social y política que vivimos es en realidad una crisis moral. Hemos perdido de vista que el objetivo más alto de la democracia es la educación, enseñar a los jóvenes a vivir en la verdad y a respetar la dignidad de la persona.

Por miedo a la libertad que trae consigo la democracia sentimos la necesidad de entregar esa libertad a un líder carismático y autoritario que abomina la crítica y que sólo respeta las leyes que “son buenas para el pueblo”, siempre y cuando él mismo sea quien dicte qué es bueno y malo para el pueblo.

Cometimos el error de permitir la separación de la política y la cultura y ahora pagamos las consecuencias. Debemos repetirlo: una persona no salvará al país. Las instituciones y la democracia desaparecerán si permitimos que la política del resentimiento se apropie de la política. “La frustración conduce al resentimiento y ésta a la violencia. La violencia sólo produce más violencia. Esto es lo que enseña la historia. Lamentablemente –sostiene Rob Riemen– la naturaleza humana no ha cambiado.” ¿Estaremos aún a tiempo de enderezar nuestro torcido tronco?